viernes, 21 de septiembre de 2007

El topo, el ciego y el diablo: un vistazo al cuento ganador en los Juegos Florales


Al ras del suelo

Por Gabriel Rodríguez

Que las larvas se hagan adultas y puedan volar, y desprenderse del suelo, es una cosa. Si las larvas se quedan como así, y siguen arrastrándose como el gusano, el topo y el Diablo que son… muy cerca de la tierra, más cerca que otros seres, más cerca del inframundo.

Tales arquetipos dan la talla con creces, para que se hayan escrito y se sigan escribiendo miles de kilómetros de palabras, miles de toneladas de papel, miles de galones y toneladas de tinta. De algún modo son seres que tienen varias cosas en común: son seres venidos a más, precisamente porque han venido a menos, con poderes y sensibilidades especiales. En otras palabras, les ha sido posible el contacto con otros niveles de realidad y conciencia, gracias y a pesar de haber caído en desgracia; por lo que se arrastran, hacen túneles ciegos, se han caído del cielo.

El topo, el ciego y el Diablo. Tras un título muy sugerente, que al inicio de la lectura puede sonar a una fábula de Esopo, es posible darse cuenta que afortunadamente es un título más que literal, como toda la narración.

En efecto, el escritor guatemalteco, Adolfo Escobar, su autor, utiliza un amplio espectro de sugerencias. Como espectros son los tres protagonistas, una extraña trinidad de misterios latentes en el curso del cuento. Tres seres especiales, en cierta forma, como ya se mencionó, venidos a más, precisamente por haber probado los amargos sabores de la desgracia. Exiliados del mundo de las personas “normales”, pero con acceso a poderes, fuerzas y mundos paralelos al cotidiano. Entre dos mundos, el que está sobre el suelo y el que está debajo de él. Al ras del suelo, son mensajeros y conductores entre ambos. Gusano, topo y Diablo son tres vasos comunicantes con un mundo, que tanto al lector como a los habitantes de El Calvario y los otros dos pueblos cercanos, apenas pueden acceder, imaginar, mas no comprender, no al menos con la cabeza.

Personajes salidos de un mundo pequeño y olvidado. Lo más pequeño y simple, la base de lo grande y lo complejo, es por eso mismo el pueblo de El Calvario misterio de alguna parte del oriente de Guatemala. Un pueblo venido a menos… y hasta el lugar más próspero, su cantina, elegante y todo, con “dos putitas y un mariposo”. Cuando los tres sujetos se fueron sumando uno a uno al poblado, éste empezó a marchitarse y a morir, mientras los tres misteriosos presenciaban su destino circular.

Escobar Hernández pone la historia –y luego ella misma se narra a través de sus personajes-, en un ambiente mítico, de un área semirural, donde sus seres sobrenaturales brotan de entre las piedras y las grietas de un paisaje reseco, cubierto de un polvillo rojizo arrastrado por un viento que, a pedazos, va arrancando y desmantelando a El Calvario –nombre muy adecuado para su desventura-. Allí, los tres seres que viven al ras del suelo y/o debajo de él, enfrentan su último destino tan esperado. Un paralítico de fuertes manos, “El Judas. El vendido. El traidor residente en el pueblo.”, instrumento material de un ciego “Dios pagano de espejuelos negros en busca de otro sacrificio”,… mientras encuentra el destino con un ladrón de “cien caras” y “cien disfraces” que le robó su tesoro más preciado.

El viento arrastra no sólo el polvo rojizo sobre el pueblo y un río –donde “el diablo se echó el último polvo”-, una narración fluida en tercera persona, con alguna brizna de diálogos e imágenes poéticas, a fin de tener y equilibrar los ritmos de la narración misma. Llevando consigo la voz del narrador, una atmósfera de suspenso, desalación y soledad, que hasta último momento no cerrará el triángulo de los destinos.

1 comentario:

Lucha dijo...

Que buena onda que subas este tipo de información a la página. Gracias... saludos