lunes, 3 de septiembre de 2007

Homenaje a Julio Cortázar


A finales del mes pasado, el mundo entero recordó el nacimiento de uno de los más grandes escritores hispanoamericanos, el argentino Julio Cortázar. Hoy, nos unimos a ese homenaje con un texto de Rodrigo Pérez Nieves.

Rue de Seine

En el fondo- dijo Gregorovius- París es una enorme metáfora. A principios de los 70´s con 20 años a cuestas leí a Cortázar, él tenía 57 y ya estaba en París. Empecé a soñar con viajar un día a París —París Maga, París Vallejo, París metáfora existencial, París cronopio—, con el único propósito de visitar los lugares que el escritor de aquellos libros me hizo soñar. Adquirí la costumbre de leer a Cortázar acompañado con un mapa de la ciudad. Con el sueño del viaje utópico, buscaba en el mapa cada calle o plaza que encontraba en sus novelas y relatos.
En el año 1980 ( Cortázar vivía en París) viajé de Alemania (donde estuve mas de dos años estudiando) a París con un carné de estudiante, el pasaje más barato en un vagón de segunda. Dos noches y tres días en París. No olvido esa época a pesar que en el 92 regresé nuevamente, la primera impresión no se borra de la retina. Llegar a los Campos Elíseos hasta el Arco del Triunfo, luego al palacio de Charlot y desde luego a la Torre Eifel, abordar un barco panorámico y navegar el Seine hasta llegar y encontrarme con la Maga en el Pont des Arts, ( ironía, ninguno del grupo entendió de quién hablaba). Después de estar con los compañeros de viaje me separé del grupo para llamar a un amigo vietnamita (nos conocimos en Alemania en la escuela de Soldadura en Mannheim, era exilado viviendo en París) y conocer el barrio Latino.

Muchos creen conocer París pero no hay que creerles, las caminatas por la ciudad en busca del cielo y el infierno tienen su contracara; hay rincones, calles que uno podría explorar el día entero, y aún de noche, y no se llega a conocer París. Es una ciudad fascinante; es como un corazón que late todo el tiempo; es un lugar que no se conoce en una vida; es otra cosa. Yo digo que París es una mujer; y es un poco la Maga ...la mujer que todos buscamos. Lo esperé en el Pont des Arts que lleva al palacio de Louvre. En ese momento me vinieron a la mente algunas pocas palabras del comienzo de Rayuela: “la luz de ceniza y olivo”, la “pinaza color borravino” (la primera vez que la leí tuve que auxiliarme del diccionario para hacerme una idea del color borravino), la silueta de la Maga deambulante o detenida, pero finalmente ausente. El Pont des Arts, el puente de la Maga, un acogedor pasaje de madera sobre el río Sena, donde Oliveira llegó a cumplir, cuando era tarde, con una cita que no había sido acordada, fue el sitio elegido para encontrarme con el amigo vietnamita.
Mientras esperaba, gozaba escuchando a un grupo boliviano con quenas, zampoñas y tambores interpretando “El Cóndor pasa”. Parejas enamoradas y solitarios pensativos contemplaban el cuadro. Me recosté de lado en el pretil de hierro, a mirar el río y la vida del puente, a dejar pasar, inconsciente y abierto, una ruidosa multitud de sensaciones que sólo entendería con el tiempo: las pinazas de diversos colores, las Lucías y Horacios, Colettes y Bernards, Gekrepten y Oliveira, los amigos del Club de la Serpiente ignorándose, huyéndose o buscándose. Apoyado en el pretil del Pont des Arts, recordé una vieja conclusión:
El desflorado, muerto y espantoso pasado
¿habrá de restaurarnos con su sobrio aletazo?
Los instantes cargados de vida sólo pueden ser comprendidos con el tiempo. El instante pertenece a los sentidos.

Recuerdo el instante. Cerré los ojos, aspiré el olor de París, al abrirlos vi al otro lado del puente, en la misma baranda, a la Maga volando en el cielo y a Cortázar en algún café de ese París enigmático.
Cortázar murió en el 84, en el 92 que tuve la oportunidad de volver con unos amigos suizos a París, estuve en dos cementerios, el Père Lachaise donde visité la tumba de Miguel Ángel Asturias, el camposanto más famoso del mundo, donde reposan escritores, artistas, pintores, cantantes y bohemios famosos. Caminar por ese cementerio es dar un tour cultural a nuestra civilización, y el Montparnasse, (Monte Parnaso) de la alta burguesía parisina, cementerio que tiene algo del Camposanto General de la ciudad de Guatemala, tranquilo, vegetal y de piedra, una sosegada isla de silencio en la ciudad. Allí sí se descansa.
La tumba de Cortázar es difícil de encontrar a pesar del mapa que se puede solicitar en la oficina a la entrada del cementerio. Hay que tener cuidado en leer las señales, lo que aparece como avenidas son más bien calles, y las calles, senderos estrechos. Una loza de mármol tenía escrito el nombre que buscaba: Julio Cortázar (1914—1984)

Ya sólo ante Cortázar traté de aceptar la realidad. Había sido un privilegio pasar por aquella experiencia, entonces respiré varias veces, lenta y profundamente. Luego me senté con cuidado sobre su tumba y medité que es inútil encontrarle explicaciones a las cosas que ocurren, la vida se extingue a cada instante y había que vivirla y aceptarla a manos llenas, con la remota esperanza de entenderle sus sentidos más profundos algún día. Hoy lo cumplo.

1 comentario:

canario dijo...

¿Por qué será que Cortázar imagina París muchísimo más característico que cualquier francés, por ejemplo, Víctor Hugo?
Aunque se hable de lo gastada que está la rayuela, me sigue maravillando el juego característico tipo las olas de Woolf, entre formas, colores, sabores, aromas, sombras delineo el apartamento de la Maga, el Pont des Arts, qué tristeza...